Ser amateur es ser «amador», amar lo que estás haciendo. Trato de serlo por todos los medios para mantener esa pasión, esa emoción por las cosas que uno hace. No siempre me sale.
La semana pasada participé en un pequeño recital de poesía escenificada para los peques del cole de mi hija. Lo vendimos como el espectáculo más grande jamás visto sobre la faz de la Tierra. Y no engañamos a nadie, os lo aseguro: unos padres y madres voluntarios y voluntariosos se pusieron manos a la obra para interpretar poesías de miedo, amor, y vida, con mucha ilusión, energía y… emoción.
Yo aporté mi guitarra, fui parte de «la orquesta» junto con una madre y compañera violinista profesional, los dos profesionales, observando con emoción al resto de padres -ellos sí, amateurs con todas las letras-, muy concentrados, burbujeantes, apasionados. Después de cada ensayo preparatorio se morían de la risa.
En la música, como en el teatro, -que es mi ámbito más cercano- el amateurismo sacrifica la perfección y el virtuosismo a cambio de esa pasión, de la excitación por hacer lo que sea. El profesional ya está resabiado, acostumbrado a interpretar según qué cosas que pasan, casi siempre, a través de uno como si fuera un desfile militar, con el paso sincronizado, el tempo, la afinación a la perfección y el culo algo apretado -no siempre-, pero generalmente como quien se come unas pipas o escribe automáticamente en el teclado.
Intento conservar esa cosa bonita del amateurismo en cada historia que hago. Siendo autodidacta en la música, busco la frescura de un principiante en cada proyecto que comienzo, en cada nueva canción que escribo o en cada arreglo que propongo. Como decía al principio, no siempre me sale. Y es que el resabio siempre está ahí, como un hombre de barba canosa que se las sabe todas, aka «culo pelao».
Conclusión: nunca se depilen; el profesional es de culo pelao, y el amateur es de culo peludo.
#amateur#profesional#pasión#resabio
