Me gusta ir a la radio, me gusta escuchar la radio. Viva la radio.
Voy muy de vez en cuando a la casa de la radio en el mítico (y místico) Prado del Rey de rtve, para dar alguna entrevista o presentar alguna de las historias en las que ando metido. Es como un viaje en el tiempo. Me gusta muchísimo hablar al micro. Pasa que hay gente que te escucha «al otro lado» y luego te dicen: ¡te escuché el otro día! Qué cosas.
La radio, en mi casa, está siempre encendida. Cuando la radio está apagada, mi hija mayor dice que «el ambiente está seco». La radio lo impregna todo, le da calidez a ese ambiente sin agobios, sin pantallas que conquisten el espacio vital, sin grandes aspavientos. Y, mientras escuchas, puedes hacer cosas al mismo tiempo, o no hacer nada. Y es que la radio te habla al oído como un buen amigo o un amante.
La radio es infinita e inagotable, por eso nunca se termina y sobrevive al cambio de siglo y al cambio de época y a los apagones y a los divorcios y a la adolescencia y a tu cuñao y al vecino del quinto. La radio vino y se quedó, y le surgió un nieto llamado podcast con el que se lleva bien. Porque es imposible que la radio se lleve mal con alguien aunque a veces traiga penas.
En la radio cabe todo. Quizá la radio haya tenido tanto éxito y sobreviva porque ataca a un solo sentido, el del oído, dejando libre al resto para disfrute de otras muchas cosas al mismo tiempo, sea una buena comida o sexo, o ambas cosas al mismo tiempo.
Yo querría tener un programa de radio, pero aún no lo he conseguido. Estar al otro lado y crear ese ambiente cálido en las casas. Espero algún día conseguirlo. Mientras tanto, me conformo con grabar audios en el wasap.
