Julio de 1993. Lo primero que hago al salir del hospital es ir corriendo al local de ensayo. Cuando me ingresaron una semana antes, mi banda y yo estábamos ensayando para presentarnos a un certamen de pop rock.
Mis compañeros se alegran de verme de vuelta. Es julio, pleno verano, mucho sol, mucha luz, mucho calor en el local de ensayo y mucha ilusión por tocar. He compuesto y canto un par de canciones de las que estoy muy orgulloso y que después en el concurso no van a resultar ser malas. El lunes me diagnostican diabetes, el viernes salgo del hospital, y el sábado por la tarde ya estoy en la prueba de sonido de nuestra primera pequeña actuación en un escenario grande.
Mi madre viene con una tartera, una ensalada y la jeringuilla en el camerino compartido con el resto de bandas. Mi madre y la ensalada. Y el resto de bandas.
Esa noche soy muy feliz, quedamos los primeros. Lo celebramos como si el mundo fuera nuestro. Voy escaleras abajo hacia el camerino con la guitarra eléctrica en la mano y una sonrisa. El ‘guitarrita’. Qué más me dan la jeringuilla, la insulina, mi páncreas. Soy frágil, pero la motivación es un motor imparable, fija su objetivo y va a por él, no importa lo que ocurra alrededor, los obstáculos, las vallas, las montañas o la distancia.
