A veces me preguntan qué opino de la IA como compositora de canciones.
Componer una canción es un viajazo, es como tener un condensador de fluzo en casa y entrar en «flujo»: las paredes desaparecen y el tiempo vuela, y la cabeza también vuela y todo se esfuma, y solamente estáis tu guitarra o tu piano o tu clarinete o tu bajo y tú, junto con un lápiz y un papel, y entonces la cabeza va rápido y no te da tiempo a escribir sobre el papel y no quieres que se te olvide esa primera frase que piensas es una buena primera frase para arrancar una canción, una primera frase que te llevará a la segunda y así sucesivamente.
Escribir una canción es una catársis, un terremoto, un dolor y un placer al mismo tiempo, una forma de percibir el mundo y de percibirse a uno mismo. No sé ni lo que digo, pero es todo eso y más. Cuando surge una melodía y un silabeo, un arreglo arrebatador, cuando surge todo eso, es como hacer magia sobre lo cotidiano. Y es que esa canción que escribo es mía y solamente mía -o de dos tres o cuatro en el caso de hacerlo a varias manos-, es única e irrepetible, quizá no sea la mejor canción del mundo, pero es una canción propia y por tanto única y maravillosa, como cada persona, única e irrepetible.
Cuando estudiaba la carrera escribía muchas canciones. Eran una liberación, un ansiolítico, un espacio de libertad y alegría. En alguna ocasión escribía un tema en la mañana de un viernes y, esa misma noche, la estrenaba en Siroco con Trapos sucios. La urgencia de escribir canciones y de mostrarlas al mundo, esa urgencia es pura emoción.
Ahora, si todo ese proceso me lo hubiera resuelto la IA en cuestión de segundos, -y me consta que no lo hace nada mal-, me moriría de pena. Y es que es el camino lo que más importa, ese mismo camino que se hace al andar.
